Honduras 2025: Entre el poder y la desconfianza
Ofelia Vásquez — Poder & Alma
| El preludio de una elección incierta
El 30 de noviembre de 2025 Honduras volverá a votar. Lo hará en medio de una mezcla densa de cansancio, enojo y esperanza. Son elecciones que decidirán quién ocupará la presidencia, el Congreso y las alcaldías durante los próximos cuatro años. Pero más allá de los nombres y partidos, lo que realmente está en juego es algo más profundo: la fe en la democracia misma.
Tras años de promesas incumplidas, corrupción y desigualdad, los hondureños se acercan a las urnas con una pregunta silenciosa: ¿aún vale la pena creer?
| Entre el caos y el desencanto
Las primarias del 9 de marzo de 2025 ya dieron señales preocupantes. Hubo retrasos en la entrega de maletas electorales, mesas que abrieron con horas de demora y materiales que, según testigos, llegaron en autobuses públicos sin custodia. En un país donde la confianza institucional ya es frágil, estos errores logísticos se sintieron como una grieta más en la base del proceso.
Mientras tanto, las encuestas muestran un panorama fragmentado: LIBRE, el partido oficialista, encabeza con ventaja moderada; el Partido Nacional busca capitalizar el descontento; y el Partido Liberal intenta revivir su identidad histórica entre ambos extremos. Pero lo cierto es que, a medida que se acerca noviembre, la discusión ha dejado de ser sobre quién ganará, y se ha transformado en cómo se contará el triunfo.
| El eco de los audios
A finales de octubre, una serie de grabaciones filtradas por el Ministerio Público encendió el ambiente político. En ellas se escuchan voces que supuestamente pertenecen a Cossette López, consejera del Consejo Nacional Electoral (CNE), junto a un diputado y un militar activo. Los audios —aún bajo investigación— hablan de sabotaje electoral, boicot logístico y una frase que marcó titulares:
“Ningún candidato serio puede proclamarse vencedor a las 12:00 p.m.”
En las conversaciones también se menciona a un misterioso “Wilson” vinculado a contratos de transporte y logística, y se escucha una frase aún más inquietante: “Los militares están con nosotros.”
Si son reales, los audios revelan una coordinación impropia entre actores civiles y militares. Si son falsos, demuestran la facilidad con la que la desinformación puede contaminar un proceso entero.
Cossette López ha negado rotundamente su autenticidad, alegando que fueron creados con inteligencia artificial, y calificó el escándalo como una campaña de persecución política.
Sea verdad o manipulación, el daño ya está hecho: la confianza pública se desploma mientras las teorías crecen.
Honduras ha vivido demasiados ciclos de desilusión. Desde la crisis post-golpe de 2009, pasando por elecciones plagadas de denuncias, el ciudadano promedio ha aprendido a dudar incluso antes de votar. Hoy, a ese escepticismo se suman nuevas sombras: el uso político de las fuerzas armadas, las deficiencias logísticas del CNE y una narrativa de “golpe electoral” que ya circula en redes sociales.
El ambiente es tenso. Nadie confía plenamente en nadie.
Y sin embargo, la población —sobre todo los jóvenes— sigue hablando de cambio, de transparencia, de dignidad. Es una mezcla de rabia y esperanza que podría convertirse en la mayor fuerza movilizadora o en la mayor abstención de la historia reciente.
| Lo que está en juego
La participación. Si la gente no vota, el sistema se vacía de legitimidad.
La transparencia. Observadores nacionales e internacionales alertan sobre retrasos en la acreditación y la falta de acceso público a los protocolos de conteo.
El después. Incluso más importante que el día de la elección será el día después: si los perdedores aceptan los resultados, si las calles se mantienen en calma, si los hondureños —por fin— pueden creer en un resultado.
El caso Cossette no es solo una anécdota electoral. Es un espejo del país: de su fragilidad institucional, de su cansancio y de su necesidad urgente de limpiar las reglas del juego. La corrupción ya no se disfraza, se normaliza. Y los ciudadanos, entre la apatía y el exilio, parecen aceptar esa realidad como si fuera inevitable.
Pero no lo es.
La democracia no muere con un fraude, muere con la indiferencia.